Cronica de un viaje anunciado
Salimos desde Torrevieja a las 5 de la mañana y llegamos al aeropuerto de Alicante alrededor de las 6. Después de envolver las valijas con el plástico que ponen en el aeropuerto fuimos a despacharlas. Obviamente teníamos un exceso de equipaje, aunque por teléfono nos habían dicho que más o menos entre los dos podíamos llevar 80 kilos más el equipaje de mano, el límite resultó ser de 60 kilos. Quisimos llevarnos la valija chiquita encima pero no nos dejaron por el tamaño. O sea que teníamos como 30 kilos de más. Y cada kilo extra nos lo cobraban 16 euros. Nos quejamos un poco y la mina de Spanair nos dijo que podía cobrarnos solamente 20, pero era una bestialidad. Llegamos al estado de malhumor completo y me puse a putear a la empresa y al servicio, hasta que la mina nos dijo que nos cobraba solamente 10 kilos. Y como en ese momento no teníamos ninguna otra opción más que dejar todo ahí para que los amigos que nos habían llegado intentasen mandarlo por correo o algo así, complicándoles la vida y gastando más guita, terminamos por pagar 160 euros de exceso.
El vuelo de Alicante a Madrid fue rápido, casi como un viaje desde capital a provincia en el 45, con el pasillo más angosto y menos sacudidas y bocinazos. Lo único a destacar fue el despegue: o la pista era muy corta o esos aviones despegan así, la cosa es que fue bastante brusco, y daba un poco de impresión atravesar la tormenta a casi 45 grados.
Llegamos a Madrid alrededor de las 8:30. Bajamos del avión y nos pusimos a dar vueltas por el aeropuerto. Lo primero que notamos fue el aviso por megafonía de que ya no hacían más avisos por megafonía (paradojas del primer mundo), así que la única forma de enterarte por que puerta salía tu vuelo era mirar por las pantallas. El problema es que el aeropuerto es enorme, y las pantallas solamente mostraban los vuelos dentro del sector en el que estaban. Preguntamos en un mostrador de información por nuestro vuelo, que salía a las 15:30, y aunque no había nada que lo indicase, el mostrador era de Iberia, por lo que la (extremadamente amable) empleada nos mandó a la mierda. Más tarde nos encontramos con otro mostrador, en el que nos dijeron que el vuelo podía salir por el sector A o por el B (cada uno con alrededor de 20 puertas distintas) y que la puerta definitiva iba a aparecer en las pantallas media hora antes del embarque. Nos resignamos a pasarnos la mañana dando vueltas. Hicimos el desayuno más caro de nuestras vidas, paseamos por ahí, compramos un par de revistas para pasar el rato, paseamos más, nos sentamos a leer un poco, paseamos más, nos pusimos a mirar por la ventana y a contar los camiones con valijas, comimos el almuerzo más caro de nuestras vidas, dimos otra vuelta más, y a las 6 horas de estar dando vueltas, cuando ya empezaba a sentirme Tom Hanks, encontramos una pantalla en la que aparecía nuestro vuelo. Nos acercamos a la puerta y estuvimos una hora viendo como otros vuelos se atrasaban y el nuestro iba cambiando de puertas. Comprobamos que las empresas hacían avisos por megafonía desde su mostrador, pero solamente se escuchaban si estabas por ahí; por lo que cada vez que llamaban a alguna persona para darle el último aviso para embarcar me preguntaba donde mierda andaría el pobre idiota, probablemente sentado tranquilo en la puerta siguiente, a casi 100 metros, sin enterarse de nada. En todos los casos el último aviso resultaba ser al menos 10 avisos, y los vuelos seguían sin salir y el nuestro atrasándose.
Por fin nos llamaron a embarcar y nos llevaron en un micro hasta el medio de la pista, donde estaba nuestro avión. Subimos, tuve que echar a una vieja que se había apoderado de mi asiento (se confundió 53K con 85K la pobre… es que es tan parecido…) y nos dispusimos a viajar 10.000 kilómetros sin mover el culo. No puedo decir que el viaje haya sido bueno, porque para mí fue una tortura… 12 horas sentado, hasta llegar al momento en que uno deja de sentir el culo. Casi no pude dormir, así que me la pasé leyendo mientras hacía malabares para que la guitarra no se fuese a la mierda. Comí carne (o eso me dijeron) y tomé de nuevo la Coca-Cola argentina, que es un poco diferente, pero solo unos pocos privilegiados (o enfermos) podemos distinguirlo.
A las 00:10 del sábado (4:10 en España) aterrizamos por fin, bajamos del avión y me pasé por el Duty Free a comprar un cartón de Gitanes. Nuestras valijas tardaron menos de lo que esperábamos y tuvimos que ponernos en la cola del control, donde aparentemente te hacían pasar y elegían al azar una valija para pasar por los rayos X. Cuando pasó la mía me llamaron a un costado, el pibe me dijo que habían visto algo redondo y me preguntó si había traído algún queso. Tuve que abrirla y dar vuelta todo para mostrarle que no había ni queso ni nada redondo adentro, salvo un par de CDs (hay que ser gil para confundir un CD con un queso). Después de mi pequeño incidente aduanero, al fin salimos del aeropuerto y nos reencontramos con nuestras familias.
Todavía estoy acostumbrándome al cambio de clima (estornudando como poseído) y casi estoy acostumbrado a la diferencia horaria. De a poco voy encontrándome de nuevo con la ciudad y la gente, pero creo que todavía me falta un tiempo para sentirme del todo ubicado. De momento mi único acceso a internet es un dial-up, a la espera de que funcione un ADSL que ya se está cobrando hace más de un mes.
En fin, llegamos bien, seguimos vivos y veremos que nos depara la vida.
Vaya, por lo que parece la política de ADSL es igual allí que aquí: “Paga que ya veremos cuando te lo ponemos” xDDDD
Aunque si te pones a comprarar el precio con el poder adquisitivo de la gente, acá hasta es un lujo poder tenerlo… y que tengan ese servicio es patético.